El miedo a ser descubiertos

Vivo con un miedo que siento que es inherente a mi persona, aunque sé que no siempre ha estado allí. El miedo a ser descubierta. Desde muy pequeña empecé a observar el mundo alrededor, y en algún momento empecé a pensar que no podía participar en él, a no ser que pretendiese ser alguien que no era. Me gustaba ver las cosas desde la magia, y quería que la magia fuese real. Pasaba mi tiempo explorando los rincones de mi mente, y deseaba compartir lo que encontraba. Y cuanto más lo callaba, más volvía a explorar. Algunos días encontraba mundos hechos de algodón de azúcar, y otros, descampados fumigando en medio de una lúgubre noche. A veces encontraba ideas, a veces encontraba pesadillas. Cuanto más indagaba, los mundos que descubría eran más alejados del mundo en el que vivía, los pensamientos, cada vez más rodeados por la oscuridad, los temores y las inseguridades, cada vez más prevalentes. Estaba atemorizada, no quería aceptarlos y pensaba que estaba sola en ello.

Todos los caminos llevan a Roma

La sociedad te da un camino. Luego la gente que te rodea – tu familia, tus profesores, tus amigos – contribuye a delimitarlo y asentarlo como principal guía y objetivo. Este camino está compuesto por expectativas e ideales muy marcados, y se nos presenta a todos como la forma válida de existir y proceder: una basada en la memorización, las ciencias, la especialización, el trabajo y las promociones, el ser la persona en los grupos de gente, la búsqueda de admiración ajena, la perfección estética… [complete el lector con lo que considere – creo que todos estamos familiarizados con estas baldosas]. Si sigues este camino, maravilloso, ¡has acertado, éxito! Si no encajas en él — sea cual sea la razón — entonces cuidado con la sensación de fracaso y de invalidez; con sentirte perdida, fuera de lugar, alienada. De repente, la sociedad, que rinde culto a este camino, aparece como algo total y absolutamente ajeno a ti.

Cuando te dan calabazas

Hace un año por estas fechas, tuve una conversación telefónica con una persona que, para en aquel entonces, era una total extraña para mí. Se trataba de Ángela una de las directoras del programa de Factoría de Talento. Hablamos durante más de una hora sobre la vida, sobre mi currículum,  sobre mis sueños, pero sobre todo, hablamos de los motivos por los que no había entrado en Factoría.

Ahora es cuando os preguntáis ¿Qué pinta este chico hablando aquí, si no entró en Factoría?