Vocaciones, pasiones y viceversa

La vocación -o cómo convertir aquello que amas por encima de todo en tu modo de vida- es algo bastante subjetivo. Hay personas que pasan años, muchísimos años, intentando alcanzar ese propósito vital para sentirse completamente realizados. Porque las piezas de “lo que te gusta” y “lo que se te da bien” no siempre acaban encajando: a veces ni siquiera forman parte de un mismo puzle. Pero, ¿puede en realidad lo que denominamos vocación definir a un ser humano? ¿Qué aspectos condicionan el concepto de talento, aquello para lo que estamos naturalmente dotados?

Vivir por y para la escritura

Afortunada o desafortunadamente, según se mire, siendo aún muy pequeña encontré mi vocación en algo que me había rodeado desde siempre: los libros. La lectura me hizo darme cuenta de que yo también quería ser partícipe de esa sensación inigualable que te proporciona contar historias, ya sea mediante la literatura, el cine o el periodismo. Así surgió, de repente, mi vocación de escritora, algo que me ha ayudado a percibir la vida de manera más creativa durante todos estos años de crecimiento personal y profesional.

Con diez años -y gracias a una especie de crowdfunding familiar- pude cumplir mi sueño de publicar mi primer libro, una compilación de relatos bastante amateur. A este le seguirían mis primeras novelas, La Clave Oculta, A la sombra de los melocotoneros y La Casa de los Olggent. Poco antes de empezar la universidad presenté mi último libro, Ojalá me leas en invierno, un conjunto de relatos breves y microrrelatos que hablaban de mí, de mi ‘yo escritora, de muy diferentes formas y desde muy distintas perspectivas. La editorial confiaba en mí una y otra vez, una relación de reciprocidad que asumí con naturalidad durante más de un lustro.

Luchar por mis sueños, y más en concreto por este proyecto personal que se convirtió casi en un modus vivendi durante mis años de infancia y adolescencia, hizo que tuviera que renunciar a otras cosas. No a una vida normal, porque considero haberla tenido, desde luego. Pero ser consciente de algo tan extraordinario como la vocación a una edad tan temprana implica madurar antes de tiempo, acostumbrarse a hablar en público, a conversar sobre literatura con expertos en la materia, a estampar firmas y dedicatorias dirigidas a personas desconocidas en algunas ferias del libro, a faltar a clase y recorrer la región intentando abrirme un hueco en el panorama literario a través de charlas y presentaciones.

¿Pasiones versus vocación?

No fue hasta el instituto cuando tomé conciencia de que había otros tantos intereses sobrevolando mi personalidad, las mal llamadas “etiquetas”: alternativas que llevaban demasiado tiempo aletargadas en mi subconsciente, esperando para abrirse camino y acompañarme de por vida. Es lo que me gusta denominar pasiones: algo tan importante como la vocación en el autodescubrimiento de cualquier ser humano. Las personas no somos una sola cosa, sino el resultado de una lógica complementariedad, o dicho de otra manera, de las sinergias que se producen dentro y fuera de nosotros. Y tanto las vocaciones como las pasiones son responsables por igual de ese resultado. El ejercicio de estas pasiones nos proporciona placer y felicidad, aunque nunca alcancemos la maestría en todas ellas. Durante la carrera he podido comprobarlo por mí misma: la creación musical y cinematográfica o el aprendizaje de nuevos idiomas me producen tanta satisfacción como la escritura, un talento que llevo desarrollando desde que era niña.

En resumen: dejemos de lado las etiquetas y las definiciones categóricas. No son representativas de nuestro verdadero “yo”, porque entre el blanco y el negro existe una infinita gama de grises. Lo único que puede definirnos es la conjunción de nuestra vocación (aquello que amamos hacer y que se nos da bien hacer) y nuestras pasiones (esas tantas otras cosas que nos encantan y para las que podemos tener un don, o quizá no, pero igualmente contribuyen a incrementar nuestro nivel de serotonina).

A los siete años decidí que quería ser periodista porque pensaba que era la única vía para labrarme un futuro como escritora, para consolidar mi vocación literaria. El periodismo es una profesión que cada día me hace sentir más orgullosa. Pero, realmente, la carrera que estudiamos no determina nuestro destino a medio o largo plazo. Olvidémonos de formular la eterna pregunta (¿Qué quieres ser de mayor?) y centrémonos en nuestro bienestar emocional, sin obsesionarnos demasiado por el final del camino. La vocación y la pasión harán el resto.

 

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