La importancia de la educación y de los sueños por Laura Fides

Estoy segura de que todos hemos escuchado frases como “la educación es la mejor arma” o “la educación da la libertad”. Yo siempre he estado un poco obsesionada con la educación, cuando era pequeña no entendía por qué las clases de historia se impartían de manera “aburrida” estudiando y memorizando, teniendo que hacer un gran esfuerzo que más allá de ejercicio de disciplina y constancia, me resultaba bastante ineficiente. Pues en contraste cuando los niños leíamos libros que elegíamos y nos gustaban éramos capaces de entender el argumento, memorizar y disfrutar, lo que nos llevaría a relacionar los aprendizajes de esos libros a nuestra vida diaria. Así, que pasaba las clases de historia imaginando un libro que contase las aventuras de un niño o niña que hubiese viajado en el tiempo y nos describiera sus aventuras e impresiones.

Esto ocurrió sólo durante primaria. Después perdí el interés por estudiar y me dedicaba a salir con mis amigos y disfrutar de las “políticas del instituto”, pero no fue tan mal, gracias a que en mi instituto y en mi familia se preocuparon de que no “me perdiera”. Esto no fue así para mucha gente de mi pueblo, juro que mis amigos de allí o al menos algunos de ellos eran inteligentísimos pero nunca recibieron la educación formal ni informal necesaria para triunfar en la vida y por triunfar me refiero a sentirse competentes y animarse a perseguir las oportunidades que les hubiesen llenado o gustado.

En menor medida fue mi caso, yo soñaba con ser diplomática o política y con estudiar en una de las mejores universidades del mundo pero cada vez que lo pedía me miraban como si estuviera loca o simplemente me decían que eso no podía ser, que no era para mi. Veía a la gente en la tele o buscaba a diplomáticos por internet, cuando llegó y me preguntaba que pasó en sus vidas o dónde habían nacido para que eso sí fuera para ellos. Yo hice caso y me callé y me convencí a mi misma de que eso no era para mí que era verdad. Aunque en el fondo tenía un rayito de esperanza.

El hecho de creer que era imposible conseguir o al menos perseguir mis verdaderos sueños de desmotivaba y descentraba evidentemente. ¿Para qué iba a intentar sacar dieces si nunca iría a Oxford? Iba a acabar en algunas de las universidades de mi ciudad por fuerza, porque era lo que me “tocaba”. Ni menos, ni más. Aún así, como la esperanza es lo único que se pierde hice todo lo que estaba en mi mano para acercarme al mundo de “las relaciones internacionales” aunque en ese momento no era capaz de definir así. Se materializó primero en cursar primero de bachillerato en Estados Unidos, gracias a que una de mis mejores amigas iba a hacerlo, he de confesar que me costó sangre, sudor y lágrimas que me dejarán hacerlo. Así aprendería inglés, era el primer paso ¿verdad? Me conocía lo suficiente para saber que no era lo suficientemente disciplinada para aprender inglés en una academia.

Allí, en el instituto experimenté una sensación muy extraña con los profesores, no se enfadaban conmigo, se preocupaban y esforzaban porque aprendiera. Así que recuperé el interés, especialmente gracias al dibujo técnico, pues mi profesor al ver que no tenía base y era un curso avanzado, se ofreció a llegar media hora antes por las mañanas para darme clases de refuerzo. Así que pensé, si va a levantarse de la cama por mí tendré que responder. Allí todo era posible, nos decíamos que podíamos elegir lo que quisiéramos y que dentro de ello no habría límites, que también podíamos elegir hasta dónde implicarnos. Me hacía sentir llena de paz y motivación. Recuerdo un ejemplo en concreto, decían que si nos gustaba la limpieza podíamos dedicarnos a ello y elegir si abrir una empresa de limpieza e intentar abastecer a multinacionales y al estado o en su lugar elegir trabajar para un tercero simplemente y cómo también estaba bien revertir estas opciones.

Al volver a casa noté un gran cambio, yo era otra pero allí aunque no todo seguía igual, sí había evolucionado en la misma dirección. Pero yo decidí estudiar mucho para algún día tener la opción de algo más aunque no sabía qué era. Terminé la carrera primera de mi promoción, con un premio por haber hecho el mejor TFG del grado y otro del consejo social por haberme implicado. Yo no tenía claro qué quería hacer, había dos opciones claras o profesora de universidad o empresa. Pero a la vez sabía o creía que ya si me decantaba por una de esas dos mi rayito de esperanza moriría y (aunque ahora estoy convencida de que fuera tan dramático) de que esa era la única ocasión que tendría para perseguir mis sueños.

Ahí fue cuando apareció Factoría, por casualidad y como por arte de magia. Me ayudó tanto y me dio el punto de partida para cambiar mi vida. Primero, porque te pone frente al espejo y creedme que eso duele, te abre las heridas o el melón como ellos lo llaman para poder curarlas y empezar a construir, te ayuda a conocer mejor a los demás y a relacionarte con ellos, para poder sacar lo mejor de ti mismo y del resto y lo hace de una manera en la que te sientes acompañado y guiado por profesionales, profes y coaches y por una comunidad de chavales y chavalas con las mismas ganas de comerse el mundo como tu, con sus virtudes, sus sueños, sus inseguridades y miedo y aprendes, aprendes tanto, son todos tan distintos y tan iguales. Cada uno con una formación, unas experiencias, unos amigos, unas familias, unas parejas, unas mascotas y te abres todavía más y empiezas a conocer hasta dónde tu quieras llegar. Porque además de acompañado te sientes libre y alentado para ser tú.

Gracias a coincidencias de amigas de Factoría que me invitaron a explorar los mundos profesionales por los que yo tenía interés pude ver a alguien hacer y decir las cosas que yo quería y en ese momento lo supe, sólo he sentido cosas parecidas aquí en Johns Hopkins, una de las mejores universidades del mundo, donde ahora un año y medio después estoy viviendo mi sueño, estudiar relaciones internacionales en una de las mejores universidades del mundo.

Eso sí, he pasado tanto miedo y he sentido tanta incertidumbre y me he equivocado tanto en este año y medio como no lo había hecho en 24 años de vida pero estoy donde quiero estar viviendo el sueño de mi infancia. Y no sólo gracias a Factoría, también a mi familia, a mis profesores de uni, a mis experiencias en China y en París, a la gente que me encontré allí y me abrió la mente, a la que me animó y me ayudó a pedir el máster y también, por qué no, a mí misma. Por ser lo suficientemente valiente para perseguir mis sueños.

Ahora tengo miedo, nunca me había enfrentado a un reto así, pero tampoco había tenido nunca tantas herramientas para conseguir lo que quiero, para sentirme libre y tranquila y para mirar a la vida con ilusión y emoción. Muchos de mis compañeros de máster se sienten igual y estos días muchos me comentaban que no sabían por qué estaban aquí y si valía la pena lo que me hizo reflexionar cual era mi misión, que no es otra que la que yo quiero, y recordé que estoy donde toda mi vida he querido, deseado, ansiado y luchado por estar y que lo que quiero es formarme, un proceso que por suerte o por desgracia acaba de empezar, para contribuir a construir Europa, definir su posición y relaciones con el mundo.

Y si cuento todo esto es por tres razones: la primera la importancia de encontrarse, aceptarse, quererse y luchar contra uno mismo, contra creencias, opiniones y aprendizajes de los que necesitamos desprendernos para conseguir lo que queremos, la segunda y en este artículo la más importante para QUE OS APUNTÉIS A FACTORÍA, porque de verdad que os cambiará la vida y la que me parece más importante la necesidad de cambiar el sistema educativo para dar a todo el mundo la esperanza oportunidad y herramientas para hacer realidad su sueño, cualquiera que sea y ser ellos mismos, plenos y felices.