Educación por Sara Ajanif

¿Quién eres tú? Sé que es una pregunta que confunde, incluso tremendamente difícil de contestar pero, al final, lo hacemos. ¿Sabes por qué sabes quién eres? Porque eres alguien. Y, ¿sabes a qué se lo debes? A tu educación, lo que has aprendido, tus vivencias, tus emociones, tu forma de bailar la vida.

Me presento, soy Sara, tengo 24 años y eternos sueños y proyectos por delante. Entre ellos, uno de los más importante: ser maestra. Ser guía en un viaje intergaláctico por cada uno de los universos que cada niño tiene en su interior. Un reto emocionante, ¿verdad?

Un reto con una responsabilidad inherente inconfundible: hacer felices a los alumnos. Muchos se preguntarán: ¿felices, para qué? ¿al colegio no se va a aprender? Ambas preguntas íntimamente relacionadas. Felices, porque sin niños con motivación, curiosidad y emoción por aprender, no hay aprendizaje. Ni enseñanza. Ni en niños ni en adultos. El principal reto de un maestro no es preparar actividades o corregir exámenes, sino generar curiosidad en el niño por aprender. Un niño feliz es un niño con futuro.

Ese es nuestro trabajo, aunque a veces se olvide. Para poder aprender, necesitamos darnos cuenta de que somos personas y, por tanto, necesitamos ser escuchados, atendidos, tenidos en cuenta y necesitamos libertad. La educación es un proceso integrado por personas, por lo que debemos saber tratar con las mismas. Un niño es feliz en el aula no sólo cuando juega, sino también cuando le das el poder de expresarse libremente. Cuando escuchas a un niño, te das cuenta del fantástico mundo que tiene dentro. De todo lo que puedes aprender de él. De la tremenda imaginación que tienen y el enorme potencial creativo innato que desarrollan, si les dejas. Características que hacen a una persona única. Características que van desarrollando la identidad de cada uno. Características que nos van formando. Formando para nuestra propia vida pero, sobre todo, para nuestra vida en sociedad.

Los niños que ahora son menospreciados por su corta edad serán los futuros astronautas, cocineros, médicos, educadores, mecánicos o políticos. Serán aquellos que cuiden o no el medio ambiente. Aquellos que tolerarán la diversidad y se enriquecerán con ella, o no. Aquellos maltratadores o maltratados. Aquellos que retomarán el mundo donde lo hemos dejado para continuar con él hacia delante, o no. Los niños del presente son los adultos del futuro. En función de cómo les cuides y les eduques, será tu futuro. El tuyo, el suyo, el de todos.

Por ello, cuando me preguntan qué es lo más bonito de mi oficio, siempre digo: el amor. El amor a lo que hago, a las personas con las que trato, el amor a la vida. La vida son emociones y sentimientos. Educar en emociones, educar desde el amor, es educar para la vida. Aprendemos cuando hacemos y cuando sentimos lo que hacemos.

No somos robots. Volvamos a poner a la persona como centro y foco. Sólo así el mundo seguirá adelante. De lo contrario, seremos una especie en peligro de extinguirlo todo.

La educación nos permite hacernos conscientes de la belleza que nos rodea, desde la baldosa que pisan tus pies hasta la más alta montaña. Y ese aprendizaje acaba, no cuando te haces mayor, sino cuando pierdes las ganas de seguir aprendiendo. Ahí, estás sentenciado.

Hago un llamamiento urgente: cambiemos la forma de ver la educación. Si la vida es correr, saltar, bailar, pintar, conducir, escalar, pensar, reír… ¿por qué se valora más la matemática que el arte? Que no nos arrebaten la creatividad, las letras o el pensar.

Un médico tiene el poder de curar a alguien y hacer que sobreviva. Un maestro es capaz de que la persona realmente viva, sepa lo que es vivir.

Por todo ello, cuando me preguntan si no estoy cansada de que denigren mi carrera, siempre les digo: sí, pero está en nuestras manos que jamás tengas que volver a hacerme esa pregunta.

Y por favor, jamás olviden: El ser humano es cerebro, pero sobre todo corazón.

 

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