Caminar sin mis botas por María Ledesma

Hace apenas unos meses me dijeron que para conocerme a mí misma debía situarme frente a un espejo, pero ante uno de verdad; no valía uno de cristal cualquiera, puesto que podría estar distorsionado. Y es que resulta, que el espejo más real, es el que está dentro de nosotros, se trata de esa vocecita interior que te habla a ti y solo a ti, la misma que solemos negar. Para vernos reflejados en el espejo, hay que hacer silencio, dejarse ayudar y aceptar que veremos en él cosas que no van a agradarnos. Fue con esta afirmación con la que comenzó la historia de mis botas.

Cuando me dijeron “colócate frente al espejo”, pensé: ¿cómo se hace eso? Necesitaba ayuda, una guía, alguien que me indicase alguna posible ruta a seguir o simplemente un punto de partida. Este es uno de los regalos de factoría, te acerca a personas que te dicen: “tú hablas más con la mirada que con las palabras”, y comprendes entonces, que saben descifrar tus mensajes únicamente observándote.

Fue en factoría donde me propusieron empezar el camino del autoconocimiento buscando a personas que me conocen y quieren, mirándome a través de sus ojos. Una de las personas a la que seleccioné, me representó a través del dibujo de unas botas. Mis famosas botas negras.

Creo que es importante que te diga algo: una de las decisiones más importantes en mi día a día, es seleccionar qué zapatos me pondré. Pensarás que es una tontería, y no te quito la razón, pero es que, si no voy con unos zapatos que me den seguridad, siento que no caminaré firme. Sin embargo, cuando me dibujaron a través de unas botas me costó comprenderlo. Rumiando esta idea en mi cabeza, acabé llegando a una conclusión: mis botas me proporcionan esa sensación de firmeza y de seguridad que no me daban otros zapatos. Ir sin ellas cubriendo mis pies era lo más parecido a caminar descalza por una ruta repleta de cristales rotos. Entonces me di cuenta: para mí, ir segura no era llevar el pie protegido, ni correr el riesgo de caerme o resbalar; iba mucho más allá de eso. Para mí, esta seguridad tiene mucho de autoaceptación, y es que yo tengo unos pies tan finos que casi cualquier zapato termina por hacerme heridas que con posterioridad se transforman en cicatrices; a diferencia de otros calzados, estas botas conseguían darme seguridad sin dañarme. Estaba acostumbrada a elegir entre caminar firme y terminar con los pies llenos de heridas, o no hacerme heridas, pero no sentir firmeza. Aún no he llegado a entender mi propio concepto de firmeza, se trataba de una sensación compleja.

En realidad, lo que hacen mis botas es proporcionarme actitud y paz interior, me trasladan a un punto en el que estoy a gusto conmigo misma. Son algo similar a ese lugar al que volver a descansar y a reposar cuando estamos cansados. De alguna forma me enseñan a amarme desde el cuidado, por encima de todo dolor. Porque amarse a uno mismo no debería doler.

Normalmente, cuando nos descalzamos solemos sentirnos vulnerables. Hay personas incapaces incluso de descalzarse en casa. A mí nunca me había ocurrido esto último, mis zapatos siempre acababan perdidos por cualquier rincón de mi habitación cuando era más pequeña. Se trataba de mi pequeño alegato a la libertad, paseaba con los pies desnudos y saltaba incasablemente sobre mi cama intentado alzar el vuelo. Desde mis 18 años aquello de caminar descalza pareció convertirse en un recuerdo más propio de la infancia.

Gracias al espejo que me colocaron frente a los ojos, caí en la cuenta de que había algo dentro de mí que no estaba funcionando; alguna pieza impedía a la maquinaria moverse y necesitaba a todas horas el comodín de seguridad: mis botas. Ellas se convirtieron en algo similar a un ibuprofeno, alivia el dolor, pero no cura la enfermedad.  Lo que realmente necesitaba es que mis pies desnudos fuesen para mí como aquellas botas negras con su suela de goma gorda y su caña por encima de los tobillos, pero yo no era consciente de ello. No se trataba de las botas. Se trataba de María.

Eso era lo que intentaba decirme mi madre en aquel dibujo, porque cómo no, fue ella quien lo hizo.

Las botas son María, y no son algo externo a ella, de hecho, están dentro de mí, pero yo las había perdido, había perdido mi esencia. Mientras buscaba las botas desesperadamente, como si de una adicción se tratase, mi madre no me dijo el famoso: “como vaya yo y las encuentre…” tan típico de muchas madres, sino que se limitó a indicar: “busca bien, busca dentro, porque están”. ¿Lo malo? Yo siempre he sido un desastre buscando cosas; ¿lo bueno? Que me encontré a mí misma, y eso era algo que solo yo podía hacer.

Ahora veo cada uno de los matices que conforman mis botas, los que las hacían únicas; sus brillos, luces y sombras… me siento como debe sentirse una científica en el momento previo a articular la palabra “eureka”. Ya no estoy parada, he empezado a caminar y he sido consciente de que las botas las llevo dentro, ya no siempre las llevo puestas y el resto de los zapatos no me hacen daño. Ahora sonrío, porque mis botas por mucho que pesen no me atan al suelo, ellas me dan alas, y quienes me quieren lo saben.

Mi padre me dibujó como un ave, libre como el arte, libre por el aire.

Por suerte, un día apareció factoría.