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Aura por Lara Monteagudo

En un pueblo demasiado perdido para aparecer en los mapas, pero demasiado bonito para pasar desapercibido por aquellos que tropezaban con él en sus aventuras, vivía cerca de la orilla del río una niña llamada Aura.

Aura era una niña curiosa e intrépida. Sus padres que pasaban el día fuera de casa no podían supervisarla demasiado, lo que para ella era un gran ventaja que además le permitía encargarse de multitud de quehaceres de la casa, su favorito sin duda, ir al mercado del pueblo vecino, Victoria.

Victoria era la clase de lugar donde la vida parecía más sencilla, las calles rebosaban de alegría y felicidad, los comercios llenos de objetos curiosos e ingeniosos llenaban escaparates llenos de lujo y cuidado, la sonrisa era el saludo universal. De muy distinta condición e historia pero con el éxito en común sus gentes habían creado una atmósfera irreal en apariencia indestructible. Siempre algo nuevo que hacer, siempre un tema nuevo que colgar del paladar.

Para Aura su propio hogar era agradable lleno de naturaleza y gentes humildes, pero resultaba algo frustrante vivir en un cuadro que aunque bonito carecía en esencia de movimiento.  Nada que ver con Victoria o con el divertido camino que tenía que hacer hasta allí. Porque para llegar a Victoria era necesario cruzar un río que aunque no demasiado imponente en tamaño, poseía una corriente sin duda respetable.

El llegar a la otra orilla resultaba fácil en teoría, pero para ello había que caminar un buen trecho desde casa de Aura hasta el puente más cercano. Lo cuál era un consumo de tiempo además de ser aburrido, caminar rodeada de adultos y conversaciones rutinarias. Su alternativa era mucho más divertida, siempre hacía lo mismo, pero siempre era diferente.

Bajando tan sólo un poco más allá del final del pueblo, había una formación de rocas que perfectamente alineadas formaban un camino. De vez en cuando además quedaban atrapados entre ellas objetos de lo más pintorescos que la corriente arrebataba en muchos casos a los aldeanos.  Aura los recogía e investigaba, muchas veces era sólo ropa o basura, pero otras podía encontrar cestas de fruta, juguetes o incluso cajas de herramientas. Se sentía una aventurera y justiciera. Rescatar los objetos perdidos, saltar de piedra en piedra teniendo en cuenta el riesgo de cada paso, no dejar que a la vuelta ninguna de sus compras cayera de la mochila al río, sentarse y simplemente escuchar hablar al agua.

Esa era la rutina de la aventura, llena de pequeñas historias diferentes, desde el camino hasta el destino todo tenía un sentido y un propósito claro para Aura, era algo parecido a lo que podemos considerar felicidad. Pero todo eso un día cambió.

Una tarde de Abril mientras terminaba de hacer los recados en Victoria comenzó a chispear un poco de manera inocente, parecía un aguacero de primavera como otro cualquiera. Mas la lluvia no paró y comenzó a caer de manera más y más intensa. El suelo se volvió fango, lo puestos recogían a toda prisa en una masa de palos y telas, las sonrisas se fueron borrando poco a poco y las conversaciones pasaron a ser gritos de espanto.

No paraba, no paraba de llover y Aura entonces se temió lo peor, el río. El río, sus rocas, su camino de vuelta a casa. Fue corriendo a lo que antes fuera la orilla y sus temores se confirmaron, su puente de piedra se lo habían tragado las aguas. Aguas llenas de barro y suciedad que nada tenían que ver con las cristalinas cantarinas que ella conocía.

Volvió a casa una vez el cielo clareó. Estaba segura a lo largo de los días todo volvería a la normalidad, mas por más que iba todos los días a comprobar si su camino secreto había vuelto eso nunca sucedió. Las aguas clareaban sí, pero se negaban a descender.

Tuvo que habituarse a coger el camino del puente, pero ya no era lo mismo, no era igual de divertido. Ahora simplemente era una tarea más, lo que antes había sido una odisea trepidante se había convertido en simples recados. Hasta Victoria parecía más mundana y común lejos de ser un lugar de admiración y misterio, ahora todas las tiendas parecían igual, las sonrisas parecían mero maquillaje y la atmósfera la típica de un lugar comercial, lleno de promesas vacías que ella nunca alcanzaría.

Pasaron los días, fue creciendo y cada vez con más responsabilidades fue delegando en otras personas la tarea de ir a Victoria. Al fin de al cabo no hacía falta comprar tantas cosas fuera y en casa se estaba bien.

De vez en cuando volvía al mismo lugar donde estaba su camino, para sentarse en la orilla y escuchar de nuevo el agua. Recordando tiempos mejores, recordando un pasado que nunca volvería.

Fue entonces, un buen día, a la orilla sumida en la nostalgia cuando al ver una rana subida encima de un pequeño tronco que llevaba con suavidad la corriente que se dio cuenta de algo. Había pasado de sentirse maravillada por el río a renegar de él cuando faltaron sus rocas. El mismo elemento que había adorado le había arrebatado lo que más quería y su respuesta había sido quedarse sentada a esperar.

Decidió entonces que debía navegar, que debería volver a conectar con aquello que le hacía sentir tan viva. Quería descubrir nuevos caminos para llegar a Victoria, pero no al pueblo de los demás si no a la suya propia, fuera cual fuera estuviese donde estuviese.

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Para mí Factoría del Talento Adecco ha sido una experiencia muy similar, redescubrir que me gusta aprender, encontrar el éxito en lugares diferentes, inspirarse en lo menos evidente pero por encima de todo conectar. Conectar con todo y con todos lo que existen a mi alrededor, conmigo misma y más importante las relaciones que existen entre nosotros.

Ella es Lara Monteagudo, participante de la V edición de Factoría de Talento. «Organizar y crear son mis dos grandes pasiones. Ser capaz de extraer una idea de la mente humana para proyectarla en una realidad tangible es, sin duda, mi meta profesional.»

 

Gracias Lara por este post tan especial ❤️