¿Y SI ZARANDEAMOS CORAZONES? POR ELENA CARRETERO

¿Y SI ZARANDEAMOS CORAZONES?

 

¿Alguna vez te has preguntado por qué tienes interés y curiosidad por unas cosas y no por otras…? ¿Qué sucede primero, el impacto o la curiosidad?

Todo “es” algo, descriptivamente hablando y todo “significa” algo emocionalmente hablando. Sin embargo, vivimos en una etapa en la cual la ciencia y el poder de lo empírico tratan de imponerse sobre la experiencia emotiva, buscando dar más valor a la descripción sobre el significado. ¿Pero acaso podemos desechar el valor de las cosas simplemente porque no podemos explicarlas? Sin duda eso sería dar más peso a la razón que a la emoción, y no necesariamente hay indicios de que ese sea el mejor camino.

¿Alguna vez has tenido la sensación de que has aprendido diez veces más de cultura general jugando al trivial que yendo a clase? (Reconozco que no soy especial fan del trivial, pero me ha pasado) ¿Por qué? Pues porque no solamente está actuando la razón, sino que hay una vivencia, hay un significado, hay una emoción. Conocer esa información tiene un valor para nosotros porque acertaremos la pregunta y ganaremos un quesito y lo celebraremos en equipo, y seguro que pasaremos un buen rato juntos. ¿Crees que ocurriría lo mismo haciendo un test para superar un examen? Probablemente no.

Vamos a probar con esta otra pregunta… ¿Qué te puede aportar más, un año de universidad  o un año en Factoría de Talento? Bueno, esta es bastante más complicada, lo reconozco. La respuesta dependería en gran medida de lo que ocurra en cada uno de los contextos. Pero personalmente, me atrevería a decir que Factoría. ¿Por qué? Porque la universidad aporta conocimientos, tanto teóricos como prácticos. Pero con esa información no es suficiente para asimilarlos e interiorizarlos del todo. Para que algo se convierta realmente en un aprendizaje es fundamental que haya pasión, emoción y acción. Es necesario que todo eso signifique algo para nosotros, que tenga un impacto, que nos emocione, que seamos partícipes, que nos haga vibrar.

Recuerdo mis primeros meses en Factoría. Me sentía tan diferente… Racionalmente, los puntos de partida de todas aquellas personas que me rodeaban eran completamente distintitos al mío (o así lo percibía yo). Carreras diferentes, edades diferentes, niveles adquisitivos diferentes, vestimenta diferente… Sin embargo, todo cambió un día que hicimos una dinámica en el parque del Retiro. Recuerdo que iba paseando entre los árboles y me iba llamando la atención la cantidad de formas tan desiguales que podían tener… Unos bajos, otros saltos, con flores, tronco ancho, muchas ramas, un solo tallo… ¡Caray!… Qué bien se veían todos agrupaditos por especie, la verdad es que era un paisaje muy armónico. Empecé a filosofar y a hacer metáforas, aplicando esas diferencias a las características de las personas. No dejaba de llenar la memoria interna de mi móvil con multitud de fotos de árboles cuando empezaron a dar el aviso de que teníamos que abandonar el parque por el mal temporal.

La verdad, no sé bien si llamarlo casualidad o causalidad… El caso es que decidí continuar la actividad refugiándome del frío en la estación de Atocha. Y de repente, nada más entrar, una jardinera gigantesca ocupó todo mi campo visual. Eso no tenía nada que ver con lo que había visto en el parque. Allí los árboles no estaban separados cuidadosamente por especies, todo lo contrario… Era la mezcla más exótica que uno se pueda imaginar. Árboles altos y estrechos, otros a ras de suelo, de anchura gigantesca, con hojas verdes, marrones, con flores, sin ellas… Aquello era un festival de diversidad. ¿Cómo es posible que estos árboles estén todos aquí juntos, si no tienen nada en común? Y de repente, sin poder evitarlo, un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza. Podía ver con claridad la imagen de cientos de raíces interconectadas. En ese momento lo entendí todo. Los puntos de unión no estaban por fuera sino por dentro. No solo es que todos esos árboles, a priori diferentes, tuvieran algo en común, es que eran un solo todo. Eran la pura imagen de la diversidad hecha armonía. Eran Factoría de Talento. Entonces entendí que yo no me parecía a esas personas en la forma de vestir, en el barrio donde nos habíamos criado o en la carrera que estudiábamos. Teníamos algo mucho más profundo que nos conectaba por dentro. Algo que no puedo racionalizar ni explicar, algo que guardo en lo más profundo de mí y que no sabría describir con palabras.

Ese día, en tan solo un par de horas, puedo asegurar que me llevé muchos más aprendizajes de los que podría agrupar en años de estudios académicos. Cuando hablo de impacto emocional, hablo de esto, hablo de vivencias, hablo de experiencias, hablo de momentos inolvidables, de recuerdos que nos van a acompañar toda la vida. Hablo de cosas que se escapan a la razón. Que ni las entendemos, ni debemos intentar entenderlas. Van más allá de la ciencia y de cualquier tipo de descripción, porque lo importante no es qué son, lo importante es cómo nos hacen sentir.

¿Qué tal si dejamos de zarandear cerebros y empezamos a zarandear corazones?